El "invitado" se llama esclerosis. Es imprevisto, porque no te lo esperas. Un buen día, está y ya no se va. Como si le gustara el lugar... o quisiera fastidiarte. Pero, ¿es posible ser feliz en esa situación? He aquí la experiencia de alguien que dice que sí. Es posible ser feliz en el dolor.
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jueves, 23 de agosto de 2012
“La gasolina que mueve mi vida es la fe”
Hace nueve años, Antoni Coll, periodista, me hizo una entrevista que fue la génesis de El Invitado Imprevisto. Al pasar todo este tiempo -que me parece un suspiro-, he tenido otro encuentro con él y me hizo esta nueva entrevista, para el blog directamente. Como dice él, es una "conversación" de varios años... Os la dejo, a ver qué os parece. Él es un artista que convierte mis palabras ingenieriles en auténtica poesía periodística. ¡Muchas gracias, Toni!
domingo, 8 de abril de 2012
¡44 años de edad y 22 enfermo!
| El mar, una de mis pasiones. Dios ha cambiado mi vida. No me quejo: Él sabe más. |
En la Semana Santa del año 1.992 me diagnosticaron la esclerosis múltiple que padezco, después de interminables pruebas.
Recuerdo que hice el servicio militar en Valladolid, cuando entonces era obligatorio, con el fin de poder terminar la carrera cuanto antes y subirme a los andamios, que era mi ilusión profesional.
A los pocos meses de licenciarme empecé a notar dificultades visuales, pero no le presté especial atención.
Pronto, jugando al fútbol, noté problemas de coordinación a la hora de chutar el balón; en lugar de darle con el empeine lo hacía con el tobillo… no era de los buenos del equipo, pero tampoco era tan malo, pensé.
Mi amigo Alberto se dio cuenta de todo esto y me animó a visitar a un médico. Después de las consultas pertinentes, descubrí que debía visitarme con un neurólogo. Le comenté a Alberto que la palabra neurólogo me sonaba a psiquiatra, pero decidí ir.
Cuando mi médico, el doctor Oliveras, me diagnosticó la enfermedad, me di cuenta de que en la facultad me habían preparado para resolver cualquier problema que pudiera aparecer en una obra, pero nadie me había explicado la manera de llevar una enfermedad como la esclerosis.
He de confesar que se me pasó por la cabeza rebelarme contra Dios y manifestar mi desagrado vital a todo el mundo, pero una vez más tuve la suerte de poder hablar con alguien que diera un sentido a mi vida. Ahora, pido perdón por aquello...
De pequeño me enseñaron en el colegio la importancia que tenía la dirección espiritual con un sacerdote, que me ayudara a poner orden en mi vida. Muchas veces aprovechaba el día que hablaba con él para confesarme y retomar el rumbo. No me había dado cuenta de la importancia que esto tenía, hasta que me diagnosticaron la enfermedad.
En la dirección espiritual aprendí a dar los primeros pasos en mi vida interior, como hablar con Dios en la quietud de una iglesia o en mi habitación, valorar el sacramento de la Santa Misa, etc.
Comprobé que la manera de llevar mi enfermedad no era más que un reflejo de la fe que había recibido de pequeño. Conociendo a otros enfermos pude descubrir el valor tan grande que tenía la fe.
Cuando alguna vez me comentan: “yo no tengo fe” le explico a la persona en cuestión que se trata de una virtud sobrenatural que Dios se la concede a la persona que con sencillez se la pide y que por lo tanto le animo a que lo haga.
Otro momento mágico en mi enfermedad fue un verano que coincidí con Toni Coll y que me hizo la entrevista que posteriormente se publicó en el Diari de Tarragona, cuando era director. El título del artículo fue “El invitado imprevisto”. Este artículo dio nombre precisamente a mi libro.
Con cierta queja por mi parte, cuando alguna persona me felicita por el libro, suelo decirles que yo no conozco ni tan siquiera a Chesterton ni a Guitton, personajes que aparecen nombrados en el libro: es que, en realidad, Toni hizo un muy buen trabajo.
Es cierto todo lo que se cita en el libro, desde luego, incluso la manera de decirlo, ya que Toni, muy lejos de adueñarse del mérito, tuvo la sencillez de reflejar con su pluma mi historia personal y mi manera de ser.
En una ocasión pude saludar a mi amigo Anthony, de Estados Unidos, que me hizo la pregunta que muchas personas me han hecho otras veces: “¿has escrito un libro?”, a lo que le respondí que no y le expliqué lo que acabo de decir. Él me miró sorprendido y me dijo: “ghost writer” y en un castellano con acento americano me indicó el significado de esta expresión, “el escritor fantasma”.
Me aclaró que cuando un político escribe un libro con sus memorias muchas veces recurre a esta figura y que lo importante no es la forma sino el contenido de lo que se relata.
De cualquier manera creo que el trabajo que ha realizado Toni es un reflejo de su buen hacer profesional.
Actualmente estoy pidiendo a amigos míos, como Antonio, médico, que me ayude a pedir oraciones a sus enfermos, para que el Señor mueva los corazones de todas las personas que puedan leer el libro.
Antonio tiene cinco hijos y entre otras ocupaciones profesionales, asiste voluntariamente a los enfermos del Cottolengo del Padre Alegre. Él mismo se encargó de pedir a la superiora que hiciera extensiva esta petición a otros centros que tenga la institución por todo el mundo.
Lo mismo he hecho con un convento de monjas de clausura que hay enfrente de mi casa y que en una ocasión la superiora me pidió un ejemplar para leerlo en la comunidad.
En todos los casos les explico que a fecha de hoy el libro se ha hecho llegar a los cinco continentes, a través de Centros de la Obra de habla inglesa, ya que recientemente el padre de mi mejor amigo, Jaime, se ha hecho cargo de los gastos que han supuesto los 1.480 ejemplares en inglés.
Le agradezco a Jesús que mis amigos me hayan ayudado a conseguir el dinero para traducir el libro al inglés y para enviarlo a los cinco continentes.
Realmente no me pueden quedar más que palabras de agradecimiento al Señor y a la Virgen, ya que a pesar del sufrimiento que conlleva la enfermedad, me han dado siempre su gracia para sobrellevarla y también el deseo, cada vez mayor, de querer que otras personas descubran lo mismo.
Sí: 22 años, son ya la mitad de mi vida. La mitad de mi vida, enfermo. Pero, viendo lo que ha pasado en todos estos años, no los cambiaría por nada del mundo. Quizá alguien podrá pensar que estoy un poco loco... ¿Un poco? Sí: quizá. Pero es que la lógica de Dios es distinta y sé que Él me cuida :). Es lo de los renglones torcidos...
jueves, 27 de mayo de 2010
Prólogo
Este es un pequeño libro que narra una aventura grande, cómo se puede ser feliz en el dolor, cómo se puede ayudar a otros desde la propia necesidad, cómo una silla de ruedas puede ser movida por la robótica espiritual de una sonrisa".A continuación os dejo el generoso prólogo del libro que escribió Antoni Coll, un buen periodista amigo mío.
Este es un pequeño libro que narra una aventura grande: cómo se puede ser feliz en el dolor, cómo se puede ayudar a otros desde la propia necesidad, cómo una silla de ruedas puede ser movida por la robótica espiritual de una sonrisa.
He de reconocer que soy uno de los aludidos en el primer capítulo cuando el autor se refiere a que varios amigos le insistieron en que escribiera un libro. Tengo una justificación: mi asombro desde la primera vez que oí hablar a Joaquín Romero. Lo hacía en una sala amplia, desde la silla de ruedas, ante unas veinte personas. Me llamó la atención la naturalidad con la que comentaba cosas que en realidad eran lecciones de coraje. Su optimismo y alegría suponían un llamativo contraste con su situación personal que todos conocíamos, de parálisis progresiva e incurable. Su serenidad era la demostración más clara de una victoria.
Aparte de ello, me llamó la atención un aspecto formal de su charla, su fluidez verbal, como si estuviera acostumbrado a hablar en público. Cumplía el precepto de la oratoria que dice que no se debe hablar atropelladamente por precipitación, ni pausadamente por engolamiento. Su riqueza de expresiones y uso de metáforas podrá identificarlas fácilmente el lector en este libro que, siendo tan humano y a la vez tan espiritual, huye de los tópicos al uso del lenguaje que caracteriza estos ensayos.
Periodista al fin, tras aquella charla que le oí, no pude evitar la tentación de pedirle una entrevista formal que me concedió amablemente y que ha reproducido por entero. Después he tenido ocasión de hacer algún breve texto primerizo por encargo de la empresacreada por Joaquín y su hermano Borja. Lo de primerizo responde a que cuando sólo eran cuatro personas, entre las que se repartían los cargos, cual si se tratara de una realidad virtual, ya ponía mucho empeño en que se definieran bien los objetivos de la sociedad y se explicaran a los posibles interesados, socios y clientes. Entonces Joaquín Romero, con las manos inhábiles ya para la escritura, dictaba un mensaje, una idea, un texto. Por mi parte me limitaba a escribirlo en el ordenador y a recibir su respuesta cuando se lo enviaba: “¡Brutal!”.
No diré que fuera un adjetivo especialmente poético, pero era la máxima expresión de su gratitud por un pequeño servicio que nada había añadido al mérito de quien aportaba la idea y el modo de expresarla. Nunca he visto tanto agradecimiento a un espejo.
Han pasado los años, Joaquín empeora y su empresa crece. Aquel evangelio del “conviene que yo mengüe…” se hace realidad. A medida que él pierde movilidad en sus miembros, cada vez hay más personas que se benefician de los instrumentos fabricados a partir de la experiencia de las propias necesidades y cada vez da más gloria a Dios con la aceptación alegre de sus contrariedades y dolores.
Lo llamativo es que esta situación la afronta con absoluta normalidad, con ánimo, incluso con manifiesta alegría. A veces uno está tentado de decirle: Por favor, Joaquín, disimula un poco, que la gente creerá que no tienes nada y que exageras. A lo que él respondería sin duda: “¡Oh! Me han descubierto. Ahora tendré que levantarme de la silla”.
Si alguien abre este libro con la idea de asomarse a un lamento, a una desesperación o a una rebelión, pierde el tiempo. Encontrará dramatismo,pero envuelto en esperanza y paz. Se acepta generalmente que el dolor tiene mucho de misterio. Muchos escritores y poetas lo han expresado así y en el texto del libro se recuerda a André Frossard, afligido por la muerte de su hijo y a C.S. Lewis, compungido por la desaparición de su esposa, un dolor llevado a escena en la película “Tierras de Penumbra” con Anthony Hopkins como protagonista.
“Tierras de luz” corregiría Joaquín Romero, con su experiencia de que la penumbra y la oscuridad son vencidas por la luz que procede de la fe. Porque ésta es otra característica del libro: la religiosidad que transpira, no sólo lejada del lenguaje tópico, sino también del análisis irreal de la vida humana. Es imposible diseccionar la vida separando cuerpo y espíritu, realidad y esperanza, como si se tratara de dos personas. Hay sólo un Joaquín Romero, solitario en su dolor, pero acompañado en su fe durante la noche; es el mismo que vive durante el día rodeado de amigos y que emplea el sobreesfuerzo que le resulta necesario para ayudar a otras personas con profesionalidad y con amor, con fe en la ciencia y con la ciencia de la fe.
Los capítulos de “El invitado imprevisto” se necesitan uno a otro como eslabones de una cadena. El hilo conductor podría ser una frase que al autor le gusta especialmente: “Los obstáculos están para saltarlos”. La esclerosis múltiple aparece de repente en su vida como una sentencia, pero lejos de hundirle, le hace fuerte. Encuentra “el sentido del dolor”, que no le evita “la noche oscura”, pero gracias a “la vocación” (voy siguiendo con la enumeración de los capítulos) no sólo es capaz de sobreponerse, sino que ve en su enfermedad una ocasión de “dar testimonio”.
Joaquín Romero presiente que su vida no será tan larga como la de una persona sana, pero consciente de que se siente en manos de Dios, está seguro de que tendrá un “final feliz”, cuando, por la misericordia divina, sea llamado a disfrutar de una vida eterna sin las limitaciones de la presente.
He aquí pues un bello libro lleno de optimismo que no puede leerse sin ser movido a la admiración y al afecto. Una lección de entereza dictada desde la humilde cátedra de una silla de ruedas.
Antoni Coll Gilabert
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